08 mayo 2009

Más Europa, con derechos sociales y empleo


El 9 de mayo celebramos el día de Europa. Conmemoramos el inicio de un largo viaje emprendido por unos grandes visionarios como Jean Monnet y Robert Schuman, y enriquecido después por el aliento de varias generaciones de europeístas.

A punto de cumplir seis décadas de aquel primer paso, el balance es sin duda positivo. Hemos avanzado más de lo que nuestros padres fundadores imaginaron, y sin embargo, es menos de lo que ahora necesitamos. Si la Unión Europea no existiera, hoy estaríamos tratando de construirla.

La crisis global que atravesamos golpea a Europa con la misma fuerza que al resto del mundo, envía al paro a millones de persona y proyecta amenazas sobre la continuidad de un modelo social que ha constituido, desde el primer momento, la mejor síntesis de nuestros valores y una de nuestras grandes señas de identidad.

Este año celebramos el día de Europa en la antesala de unas elecciones cruciales de las que saldrá el Parlamento Europeo con más influencia de la historia. Unas elecciones marcadas por el colapso de la ideología ultraliberal que está en el origen de la crisis.

Hoy sabemos que la salida de la profunda crisis económica y de empleo que sufrimos en Europa no pasa por las desacreditadas políticas que la provocaron, ni por ponernos en manos de quienes las impulsaron y defendieron -y que afortunadamente fracasaron en proyectos infames como el que pretendía implantar la jornada laboral de 65 horas-. La salida de la crisis solo puede ser socialdemócrata porque la economía de mercado sólo puede sostener la prosperidad con una dimensión social fuerte. Hoy es más cierto que nunca que la eficacia económica y la eficacia social son complementarias e inseparables entre si.

La prioridad del momento es la defensa y la promoción del empleo. Empleo de calidad para una Europa más competitiva y más social, más prospera y más cohesionada. Ahora más que nunca debemos mantener nuestras convicciones y negarnos a debilitar la calidad de la economía social de mercado, como pretende la derecha.

Los socialistas nos comprometemos a desarrollar una agenda social renovada favoreciendo la libre movilidad de los trabajadores, invirtiendo en educación y formación continua, luchando contra la discriminación y por la igualdad de derechos y fomentando el diálogo social europeo.

Nos proponemos promover un Pacto Social Europeo de Progreso, un auténtico pacto entre un mercado adecuadamente regulado y justicia social al que siempre se ha opuesto la derecha.

Necesitamos una economía altamente productiva, innovadora y medioambientalmente sostenible para crear más y mejor empleo. Ese es el objetivo a cuyo servicio hay que poner todos los recursos disponibles.

España, en la vanguardia del proceso de construcción europea, está llamada durante la Presidencia Europea en el año 2010 a dar un importante impulso a la Europa Social y por el Empleo que los socialistas defendemos. Y también a lograr que Europa asuma objetivos más ambiciosos para garantizar la sostenibilidad social y medioambiental de nuestro desarrollo económico.

La construcción de una Europa unida es una obra gigantesca. Hoy conmemoramos el paso inicial, sabedores de que ahora nos corresponde a nosotros continuar el viaje aún inacabado. Nuestra fuerza será la voluntad de los ciudadanos. El próximo paso será conseguir una mayoría progresista en el Parlamento Europeo el 7 de junio.

14 abril 2009

"La senda del zahorí" ahora en Casa del Libro

La novela "La senda del zahorí" ya está disponible on-line en la página web de Casa del Libro.
Puede accederse a él pulsando en el siguiente enlace:


Ahora, comprar esta novela sobre la memoria histórica es más sencillo. Bienvenidas las nuevas tecnologías...

23 marzo 2009

La senda del zahorí


He recibido numerosas consultas acerca de dónde se puede adquirir la novela. Este es el listado de librerías asturianas donde es seguro que se puede encontrar. Puede haberla en otras de las que yo no tengo noticia.
Gracias por vuestro apoyo. La memoria histórica de los vencidos en la guerra civil española es un tesoro que debemos conservar entre todos, hombres y mujeres progresistas. Mi aportación es literaria: esta novela.

OVIEDO:

Librería Cervantes Bookshop

Librería La Palma

Librería Ojanguren

Librería Santa Teresa

Librería La Palma/ Llavota Corzo


GIJON

Librería Senda- C/ Celestino Junquera, 10, Gijón

Librería Roy- Avda. Schultz, nº 180, Gijón

Albora Llibros

Librería Galería Cornión

Librería El Corte Inglés

Librería Hernández

Librería Paradiso

Librería Platero


AVILES

Librería Azucel

Librería Clarín


MIERES

Librería La Pilarica

06 marzo 2009

Venció la cordura

(Este artículo fue previamente publicado en el diario asturiano El Comercio, www.elcomerciodigital.com) 

La batalla que se viene librando en torno a la asignatura de Educación para la ciudadanía habría de finalizar ahora que el Tribunal Supremo ha establecido su obligatoriedad, que nunca debió ser puesta en duda. Pero el conflicto no es nuevo: a lo largo del último siglo y medio, la derecha española ha dejado bien patente su rechazo a todo avance modernizador de la educación y su pertinacia en perseguir cualquier intento de hacerla independiente de su tutela ideológica. La instrucción de la clase obrera, por ejemplo, era vista con desconfianza y, durante la Segunda República, al ministro Fernando de los Ríos se le quejaban amargamente los diputados conservadores por el despilfarro que suponía construir escuelas públicas “demasiado lujosas”.

Orovio, ministro a cargo de la educación con Cánovas, dictó en 1875 un decreto que venía a abolir la libertad de cátedra, prohibiendo toda enseñanza o libro de texto que contradijese la doctrina de la iglesia católica o cuestionase la monarquía. Muchos excelentes profesores que se negaron a acatar el atropello fueron encarcelados y despojados de su cátedra. Entre ellos, Fernando Giner, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, otra entidad que —habiendo hecho las mayores aportaciones a la renovación pedagógica en España— sufrió la persecución conservadora y fue inmediatamente suprimida tras el triunfo del franquismo, al tiempo que se ponía en marcha una terrorífica purga de maestros. Y es que, como escribió Herrera-Oria, jesuita hermano del famoso cardenal, la educación en libertad que se había desarrollado anteriormente forzaba al gobierno de Franco a efectuar una “depuración de maestros y profesores; el exterminio, en los centros del Estado, del virus marxista criminalmente inoculado durante los años de la nefasta República masónico-bolchevique”. No cabe sectarismo mayor. Todo lo que escapase al férreo control de quienes identificaban —y continúan haciéndolo— España con sus creencias particulares, las ideas nuevas, las reformas, lo que tuviese aunque fuera un atisbo de heterodoxia o de librepensamiento, ha sido combatido con denuedo desde siempre. 

La sentencia del Supremo desautoriza completamente la mal llamada objeción de conciencia a la asignatura de Educación para la ciudadanía. En primer lugar, porque, en este caso, no existe tal objeción. Desobedecer las leyes no es objetar, es delinquir o, al menos, situarse en la ilegalidad. Nadie puede ser objetor a las normas de tráfico, ni al Código Civil. Tampoco a las leyes educativas. Aplicar el término de objeción en este asunto es un triunfo de la propaganda orquestada por las organizaciones, mayoritariamente situadas en el integrismo católico, que sustentan la iniciativa, pero no responde a la realidad. En España, sólo tiene cobertura constitucional directa la objeción al servicio militar obligatorio, que ya no existe y ha quedado desprovista de contenido.

 Lo peligroso de una postura según la cual cada familia puede diseñar el currículo escolar de sus hijos a conveniencia, es patente. ¿Cuál sería la siguiente batalla de los padres rebeldes? ¿Objeción a la clase de ciencias naturales si se explica el evolucionismo de Darwin? ¿A la de física si trata del origen del Universo en términos distintos a la literalidad del relato bíblico? ¿A la de literatura si estudia obras poco recomendables según una estricta moral conservadora? 

Afortunadamente, la cordura ha vencido y todos los y las estudiantes cursarán una asignatura en la que podrán aprender cosas tan peligrosas como que gozan de derechos y tienen obligaciones en su calidad de ciudadanos. Conocerán el ordenamiento jurídico español, nuestra Constitución, y oirán hablar de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Extraído textualmente del decreto que regula los contenidos de la asignatura, encontramos que los valores propuestos en ella a los alumnos de primaria son “respeto, tolerancia, solidaridad, justicia, igualdad, ayuda mutua, cooperación y cultura de la paz”. En secundaria, por ejemplo, se propondrá al alumnado un “entrenamiento en el diálogo, el debate y la aproximación respetuosa a la diversidad personal y cultural”. ¿Qué encuentran ofensivo en esta materia los padres rebeldes? ¿A qué temen? ¿No será su postura, en realidad, una objeción contra la ciudadanía en sí misma, contra los derechos que lleva aparejados y contra el Estado que debe defenderlos y garantizarlos? ¿No será un agudo ataque de lo que Erich Fromm denominó miedo a la libertad?

El fallo del Tribunal Supremo ha sido por aplastante mayoría: 22 a 7. Ello indica que no se trata de un voto en función de ideologías o intereses partidistas, sino una decisión puramente jurídica que viene a ratificar que, en un estado de derecho como España, las leyes aprobadas por el Parlamento hay que cumplirlas.

12 febrero 2009

Novela de la memoria histórica: La senda del zahorí

Estoy muy ilusionado, porque Ediciones La Productora, una pequeña editorial asturiana, acaba de publicar mi primera novela, La senda del zahorí.

Se cruzan en La Senda del Zahorí dos narraciones, una del pasado, contando la vida y avatares de una pequeña villa, Gracilla del Montejo, en los años 1935 y 36, hasta poco después de iniciada la guerra civil. La otra, de finales de los años 90, cuando un joven, Enrique, movido por la curiosidad, quiere averiguar la verdad sobre su familia y orígenes, desconocidos por él y por su madre, huérfana de guerra.
Ambas historias confluyen, pues uno de los más importantes protagonistas de la vida de Gracilla en los años 30, resultó ser su abuelo.
Pero sus indagaciones destapan algo más: su búsqueda de la memoria, culminada con la apertura de una enorme fosa común, tendrá consecuencias en una importante empresa e incluso en el Consejo de Ministros.
La Senda del Zahorí es la novela de la memoria histórica, de la recuperación del recuerdo perdido durante la dictadura, del homenaje debido a quienes lucharon y murieron por la legalidad constitucional de la República.

Si quieres leerla, puedes solicitarla directamente a los editores: info@laproductora.com o en su teléfono 985 17 08 01.

20 noviembre 2008

Obama, el nuevo relato


Este artículo fue previamente publicado en el diario español El Comercio (www.elcomerciodigital.com)

Hace unos días hablé con mi amiga Maud para preguntarle cómo estaba viviendo la victoria de Barack Obama. Ella, nacida en Minnesotta y afincada en Nueva York desde hace muchos años, donde trabaja como profesora de literatura, representa bien el sentir del americano medio, aunque con un sesgo cosmopolita algo más difícil de encontrar en su país. “El relato que se está escribiendo hoy es el verdadero relato de América”. Entiendo lo que quiere decir, porque yo también pienso que narrar es una forma de construirnos y de construir la realidad. Cuando me enteré de que uno de los escritores favoritos de Obama era Doctorow, busqué su “Poetas y presidentes”, un ensayo en el que diserta sobre la relación entre arte y política, centrándose en la literatura. “La historia comparte con la ficción un modo de pensar el mundo a fin de otorgarle significado, ya que la literatura descubre el significado, o la vida oculta, en la vida observable”, dice Doctorow. Sin memoria y sin narración, carecemos de identidad. Los Estados Unidos olvidaron quienes eran (una democracia con solera, defensora de los derechos humanos) y su propia narración (el sueño americano, convertido por la política de Bush en el sueño de los especuladores y la pesadilla de los ciudadanos). Saramago ha pedido que la primera medida adoptada por Obama sea cerrar Guantánamo, es decir, se suma a los que exigen a los EEUU que recuperen su identidad democrática (y, de paso, que se acabe con un relato de terror hecho realidad, que ni siquiera Poe podría haber pensado).
Esa pérdida de identidad hace a los EEUU más frágiles, los hace menos fuertes, más incapaces de afrontar los cambios y la complejidad del mundo real. Nuestro genial convecino Luis Sepúlveda recuerda que durante los mil días del gobierno de Allende, trataban de construir para Chile una identidad política y social propia, que les permitiría enfrentarse mejor a la incertidumbre. EEUU no tiene herramientas para ello, no sabe afrontar la incertidumbre. Y la única salida ante cualquier conflicto, antes de haber llegado siquiera a entenderlo, es la fuerza. Obama ha cambiado ese discurso: “La fuerza auténtica procede, no de la potestad de las armas ni de la magnitud de la riqueza, sino del poder duradero de nuestros ideales: la democracia, la libertad, la oportunidad y la esperanza firme”. Una esperanza que ha tenido que ser, por necesidad y realismo, una característica central de su campaña: no era fácil que un negro alcanzase la presidencia. Cuando hace décadas Irving Wallace, en su novela “El Hombre”, narró cómo una persona de color llegaba a presidente de los EEUU, ello no se producía mediante unas elecciones, tan impensable era esto, sino tras la desaparición de todos los que le precedían en la lista de sustitución del presidente. También en esto ha cambiado el relato.
Roth es otro de los escritores favoritos de Obama. La admiración es recíproca, porque el autor manifestó abiertamente su intención de votar al candidato demócrata. Para redondear la relación, recordemos que Roth escribió hace unos años una obra de historia-ficción, una ucronía, en la que un racista (en este caso Lindbergh, el aviador antisemita y filonazi) llegaba a la Casa Blanca, “La conjura contra América”. Afortunadamente, en este caso el relato de la realidad es el contrario: el que soñaron Luther King, o Malcom X.
“Narrar es resistir”, cuenta Sepúlveda que dijo el poeta Guimaraes Rosa. Cito esta frase en mi conversación con Maud, con la esperanza de que me la aclare. “¿Resistir qué?”, me contesta. Se hace un silencio en la línea telefónica. No me está aclarando mucho, por el momento, aunque pronto continúa: “Resistir la tentación de hacerse a un lado y dejar que la historia la escriban otros”, dice. Y me viene a la mente una frase de Paul Valery: “Política es el arte de evitar que la gente común se ocupe de los asuntos que verdaderamente le conciernen”. Es una opinión cínica, pero describe a grandes rasgos el proyecto de Bush. Maud, sin embargo, algo alejada de la propuesta estética de Valery, cita a Doctorow (vaya coincidencia, después de que yo lleve días con este autor dándome vueltas en la cabeza): “Estamos escribiendo tal y como vivimos, en una especie de sumisión pasmosa a las circunstancias políticas de nuestra vida”. ¿Es un mea culpa de los intelectuales americanos?, le pregunto sin obtener respuesta.
Obama también es un escritor. Mendell, uno de sus biógrafos, cuenta que en su época inicial en Chicago vivía como un autor en pleno retiro creativo, encerrado en un apartamento con innumerables volúmenes de filosofía y literatura. Finalmente, sí escribió dos libros, uno de ellos significativamente titulado “La audacia de la esperanza: pensamientos sobre la recuperación del sueño americano”. No creo que a él pueda achacársele una sumisión pasmosa. De hecho, ha sido lo contrario de sumiso. Su campaña y su victoria han sido, desde el punto de vista estético, una rompedora manifestación artística, una performance que trata de transmitirnos un sentido que aún se nos escapa, pero que ha sido vista, valorada y asumida globalmente, como si de unas elecciones mundiales se tratara. “Escribir es escuchar el ruido del mundo, y viajando se escucha mucho mejor”, dijo Le Clézio, el último premio Nobel de literatura. Es una buena noticia, por tanto, que Obama escriba: lo que todos pediríamos a un presidente de los EEUU es, precisamente, que escuche el ruido del mundo. Y, además, ha viajado, no como Sarah Palin, representante de lo peor de su país: fundamentalista religiosa, ultraconservadora y de mente cerrada: hasta una visita a los soldados de Alaska en Irak, dos meses antes de la campaña electoral, ni siquiera tenía pasaporte.
Resisto la tentación de citar a Adorno en mi conversación con Maud, (“el arte extrae su concepto de las cambiantes constelaciones históricas”), porque tal vez me retirase la palabra, pero serviría para cerrar limpiamente el círculo de asociaciones entre literatura y política. Nuestra “constelación histórica” es la del cambio, la de una nueva época, enterrados los dogmas neoliberales de la supremacía del mercado, de la guerra perpetua, de la mentira como herramienta. El nuevo relato está por hacer, pero Obama no parece mal autor para escribir sus primeros párrafos.

01 octubre 2008

El descrédito de lo oscuro

Dos son los rasgos más relevantes de la ideología neoconservadora global, también en su versión española, patrocinada por el PP. Son el dogma de la divinidad del mercado y la pretensión de imponer una determinada visión del mundo al conjunto de la sociedad.
El fundamentalismo de mercado sostiene que el Estado no debe intervenir en la economía, puesto que ésta se regula sola produciendo automáticamente el mayor bien y felicidad posibles. Un planteamiento en el que no creen ni siquiera quienes lo defienden. Basta ver lo que sucede una y otra vez cuando el fantasma de la crisis planea sobre las cuentas de resultados de las grandes corporaciones: los venerables patriarcas de la mercadolatría se agolpan a las puertas del benevolente Estado para solicitar inmediatas ayudas, leyes que alivien su situación o paquetes de medidas urgentes. Es decir: libertad total de acción (a eso se refieren los líderes del PP cuando hablan de “liberalismo”) en época de vacas gordas para privatizar el crecimiento, pero intervención enérgica del Estado en tiempos de vacas flacas para socializar las pérdidas y que éstas recaigan, de modo compartido, sobre el conjunto de la ciudadanía.
La última crisis global, la de las hipotécas subprime, es un claro ejemplo. ¿No eran, según el catecismo neoliberal, positivas esas crisis periódicas, para separar el trigo de la paja? Desaparecerían, así, las empresas mal gestionadas, despejando el campo a las mejores. Pero, después de ver la fotografía de los presidentes de la gran banca estadounidense mendigando ayudas gubernamentales, nadie puede creer ya en su doctrina, como nadie puede creer que la Tierra sea plana después de ver su fotografía desde el espacio.
La reciente cumbre alimentaria de la FAO en Roma es otro buen ejemplo de estas contradicciones: los apóstoles de la liberalización y martillo de proteccionistas, se niegan, directa o indirectamente, a permitir el acceso de productos agrícolas del Tercer Mundo a los países más ricos. Se impiden, de ese modo, las exportaciones que podrían acabar con su endémica pobreza. La adoración del mercado libre como regulador omnisciente sólo se practica cuando beneficia a los más poderosos.
El otro rasgo de los conservadores globales, su afición por imponer una peculiar visión de la vida al conjunto de la sociedad, ha experimentado un alarmante avance en los últimos tiempos. Se incluyen aquí ataques contra la ciencia (y, por ende, contra la racionalidad), contra los derechos de ciudadanía y contra la libertad personal y de conciencia.
Los ataques a la ciencia, importados de los EEUU, tienen su máxima expresión actual en la propagación de tesis acientíficas como el creacionismo o el diseño inteligente, que tratan de contradecir, con argumentos ideológicos y religiosos, la Teoría de la Evolución. El abandono de la racionalidad se manifiesta en que la crítica a una teoría (algo siempre posible) no se hace desde el propio método científico, sino desde el prejuicio religioso. Veremos lo que tardan en llegar a España estos vientos de oscurantismo.
No es, sin embargo, el único asalto a la ciencia: son conocidas las posiciones de diversos grupos contra la investigación con células madre, punta del iceberg de un planteamiento de fondo con mucho más calado: la pretensión de someter la investigación científica al control ideológico de líderes religiosos.
En segundo lugar, encontramos ataques a los derechos de ciudadanía. Porque, no nos engañemos, la furibunda reacción contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía es, en realidad, una objeción contra la ciudadanía en sí misma, contra los derechos que lleva aparejados y contra el Estado que debe defenderlos y garantizarlos. ¿A qué tienen miedo? ¿A que los jóvenes se enteren de que gozan de derechos y tienen obligaciones? ¿A que sepan cómo se organiza un Estado democrático? ¿A que descubran que la realidad en que están inmersos es diversa y plural y sólo puede ser gestionada desde el respeto al otro y la tolerancia?
—¡Que no sepan! ¡Que no se enteren! —parecen gritar, temerosos, los críticos de la asignatura. Su objeción es un reconocimiento tácito de que sostienen un modelo de persona y de sociedad que sólo sobrevivirá manteniendo a todo el mundo en el aislamiento y la ignorancia.
Por último, se da un ataque a la libertad personal y de conciencia que resulta de todo punto intolerable para cualquier mentalidad moderna: desde la presencia de representantes religiosos en los comités de bioética de hospitales públicos, para coartar la autonomía de decisión de médicos y pacientes, hasta la persecución judicial a las mujeres que en su día tomaron la difícil decisión de abortar; desde la exigencia de un modelo único de convivencia familiar y el ataque al diferente, como ocurre con el colectivo homosexual, hasta la negativa a aplicar determinados cuidados paliativos o a considerar factible la eutanasia, ni siquiera en casos extremos. Todos son comportamientos cuyo objetivo es restringir la capacidad individual de decisión y enmarcarla en su propio marco de creencias (con desprecio del sufrimiento que ello pueda ocasionar).
Es curioso comprobar que la democratización del conocimiento y la institucionalización de la ciencia por un lado, el concepto de ciudadanía por otro y la formalización de la libertad de conciencia —es decir, los avances que la derecha global pretende romper ahora— tuvieron hitos de gran relevancia de modo casi simultáneo y en todo el mundo occidental a lo largo del siglo XVIII. Son, respectivamente, la publicación de la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert (1751-1772); la elección de Newton como presidente de la recién fundada Royal Society, primera y más relevante sociedad científica europea (1703-1727); la revolución francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789); y el primer reconocimiento constitucional de la libertad de conciencia, en los EEUU (1789).
Primacía de la Razón, ciudadanía y libertad de conciencia, principios sobre los que se ha edificado nuestro actual modo de vida, afianzados durante los últimos dos siglos, junto con un Estado fuerte, capaz de gobernar también la economía, son los enemigos a batir por los ultraconservadores. Desvelar esta estrategia es, en parte, conjurar sus mecanismos, pero aún será necesario un largo camino hasta su neutralización. Afortunadamente, en nuestra sociedad, madura y evolucionada, el oscurantismo tiene bien ganado su descrédito.